Mi texto narrativo
Pamela estaba espléndida, asombrosa.
Y él se sentía afortunado de acompañarla esa noche.
Hacía quince años que no se veían. Eran antiguos compañeros de la secundaria; Pamela lo había contactado a través del Twitter. Al principio, a Marcelo le había chocado un poco este acercamiento, esos mensajes de una Pamela irreconocible que se manifestaba ansiosa por el reencuentro. Pero, después de todo, ¿no era así como se contactaban a los viejos compañeros hoy en día?. Y es que hacía años que no pensaba en ella. De hecho, ni siquiera recordaba su nombre. Había tenido que buscar en la foto del anuario para ubicarla en su memoria. Pamela, claro. Había sido una chica regordeta, no gorda sino regordeta, que siempre se sentaba en las primeras filas, como toda buena estudiante que se precie de tal. No hablaba mucho, aunque era simpática; al menos, eso era lo que él recordaba de aquellas épocas. ¿Pero por qué lo había contactado a él, justo a él, después de tantos años de olvido? ¿Y por qué en este momento? No podía sacarse estas preguntas de la cabeza, sobre todo la última: porque daba la impresión de que Pame había adivinado el momento indicado para charlar con él. Marcelo venía de una dura separación con su mujer, y aún se encontraba sumergido en una profunda depresión, en la cual no hacía otra cosa que rememorar los tiempos antiguos y acariciar la cruz que colgaba de su cuello, que antes había estado en el de su mujer. Y ver a Pamela, a la sorprendente y espléndida Pamela, fue como encontrar una flor en un desierto. Era una metáfora cursi, lo sabía, pero eso fue lo primero que pensó cuando Pame cruzó la puerta del bar donde se habían citado. Una jodida flor en un desierto de negrura. Y vaya pedazo de flor…
El sobre peso de Pamela, observó de un primer vistazo, había desaparecido. En su lugar, habían quedado curvas y redondeces que podían apreciarse con facilidad a través de su vestido de verano. Y su rostro: una exquisitez. Pómulos altos, ojos chispeantes y seductores, boca pequeña pero carnosa. La Pamela adolescente y tímida había dejado paso a una mujer con todas las letras, de andar elegante y decidido, que parecía llevarse al mundo (y sobre todo, a los hombres), por delante. Marcelo no podía salir de su asombro.
-Tu transformación ha sido espectacular, Pame - no pudo dejar de decirle, en algún punto de la noche-. Me dejaste con la boca abierta. Estás más linda que nunca.
La mujer bajó la mirada, halagada por el piropo. Pero, antes de que Marce pudiera seguir con el tema, alzó una mano y lo cortó de cuajo:
-Te agradezco, pero no quiero que vuelvas a hablar del asunto. Lo que ves ahora… me ha costado mucho trabajo. Muchísimo. Me resulta incómodo pensar en eso, porque es como revivir una pesadilla. Lo entendés, ¿verdad?
-Claro- asintió de inmediato Marcelo, reprimiendo el impulso de morderse la lengua, por idiota-. Lo entiendo perfecta mente, Pame . Hablemos de otra cosa.
Estiró el brazo por encima de la mesa y la tomó de la mano. La chica respondió a la caricia y le sonrió. Marcelo, a esas alturas, estaba convencido de que había dejado la depresión del divorcio en el pasado, que ya nunca más volvería a pensar en la arpía de su mujer, que lo había engañado con un compañero de trabajo. Sin embargo, no pudo evitar preguntarse qué era lo que molestaba tanto a Pamela, por qué no quería recordar sus esfuerzos para bajar de peso. ¿Tan duro había sido el tratamiento para adelgazar? Conocía a mucha gente que hubiese jurado que sí, que adelgazar era lo más jodido que un hombre o una mujer podía llevar a cabo. Adelgazar y mantenerse en el peso, hubiesen agregado. Y había trabamientos que eran realmente muy sádicos. Incluso sabía de la existencia de una especie de campo de concentración para gordos…
Así que decidió no insistir en la pregunta y cambiaron de tema. Hablaron de las viejas épocas, de los profesores, de los antiguos compañeros, que Belén Saramago se había casado con Joaquín Fuente buena, y que aquel otro había tenido un accidente con el auto, y que aquella otra chica de séptimo había terminado en líos de drogas y cosas así. Marcelo la estaba pasando muy bien, se sentía rápido, achispado, y, a juzgar por el brillo juguetón de la mirada de Pame, ella se sentía exactamente igual. Pidieron unos tragos, nada fuerte, cosa de no arruinar el momento, y luego pidieron un par de hamburguesas. El bar, a esas alturas de la noche, estaba lleno y flotaba en el aire el humo intenso del cigarrillo. Pasó un florista vendiendo rosas, y Marcelo, en un gesto impropio en él, compró un ramo a un precio bastante elevado. Ofreció el ramo a Pame, que aceptó encantada, y en ese momento pensó en algo que le hizo fruncir el ceño: a mi mujer nunca le compré flores.
Le había comprado, en cambio, una cruz antigua, un colgante que él había creído que pendería por siempre en el cuello de su mujer. ¿Era lo mismo, acaso? El vendedor le había dicho que era una cruz muy antigua, y que le ayudaría a ganar al amor de su vida. Pero ella la había tirado por la ventana…
-¿Pedimos otro trago?- dijo a Pame, alzando la voz un poco más de lo debido, quizás para acallar las molestas voces que se empeñaban en surgir desde su cabeza-. Se me antoja otra cerveza. ¿A vos no?
-No sé... No lo creo.
La mujer miró su reloj pulsera. Marce de inmediato recordó que había hecho lo mismo diez minutos antes.
-¿Qué pasa?- preguntó, tratando de no sonar ansioso-. ¿Tenés que irte?
La chica pareció pegar un respingo, como si acabaran de adivinarle los pensamientos.
-¿Por qué?
-Ya van dos veces que miras el reloj.
-Ha, eso. Pues… sí. En unos minutos tendré que irme- algo debió ver en la expresión de Marce, algo seguramente desolado, porque se apresuró a decir:- La estoy pasando muy bien con vos, Marce, de verdad. Pero tengo que irme antes de las doce.
-Como cenicienta, ¿no?- trató de hacerse el gracioso Marce. Aunque interiormente se estaba cayendo a pedazos.
La chica sonrió.
-Como cenicienta, sí.
-¿Tampoco querés hablar de eso?
La chica se encogió de hombros.
-No es nada de otro mundo. Trabajo cuidando ancianos. Y las doce tengo que estar en lo de la señora Marvis. Una mujer simpatiquísima, pero que apenas puede caminar, pobre.
-Ha, claro- dijo Marce, al tiempo que pensaba: “Marvis. Me suena ese nombre. ¿De dónde?”.
Giró la vista hacia la barra del bar, como buscando ese nombre en algún lado. En cambio, lo que se encontró fue con un tipo alto y misterioso, con un sombrero de copa en la cabeza, que bebía un trago y los miraba. Marce se sobresaltó. Había algo innegable mente ridículo en ese hombre, no sólo por el sombrero pasado de moda, sino por la forma en que parecía por completo fuera de lugar, como cuando un chico recorta una figura y la pega torpemente sobre un paisaje. Sin embargo, él no se sintió con ganas de reír. Para nada. ¿Y por qué los estaba mirando?
-¿Viste a ese tipo?
-¿A quién?
Marce lo señaló con un movimiento de sus cejas. Pame se dio vuelta. Cuando volvió su rostro hacia él, parecía totalmente transformado.
-¿Lo conoces?
-No- dijo Pame. Y, sorpresivamente, se incorporó y por encima de la mesa le dio un beso. Fue corto, demasiado corto, pero muy intenso; antes de que Marce pudiera responder como era debido, la chica regresó a su silla y desvió la mirada, como si se avergonzara de lo que había hecho.
-No te vayas. Todavía no- dijo Marce, indicándole, con pequeñas palmadas, la silla que tenía a su derecha-. Vamos, que no te voy a morder.
La chica, sonriendo nerviosamente, hizo lo que Marce le indicaba, mientras él buscaba con la mirada al tipo del sombrero de copa: nada. Ya no estaba en la barra del bar. Pero se olvidó inmediata mente de él una vez que Pame estuvo a su lado y se abrazaron y se besaron como si fuesen amantes de toda la vida.
En un alto que utilizaron para respirar y mirarse, Marce dijo, acariciándole el cabello:
-Me alegra que me hayas contactado. No sé por qué lo hiciste, pero me alegra mucho, Pame.
-Vamos, sí que sabes.
-Te juro que no, Pame.
-Sabes que todas las chicas en la escuela estábamos locas por vos.
-¿Por mí?- alzó las cejas Marcelo-. Estás loca.
-No, no lo estoy. Y si no, pregunta le a Belén, a Érica, a Natalia…- pasó su brazo por el cuello de él y le besó la comisura de los labios-. Eras tan… no sé… tan seguro de vos mismo. Con ese aire rebelde. Y yo estaba loca por vos, Marce. Pero es que vos nunca me mirabas…
Marce se apartó un poco para observarla, sorprendido.
-Nunca me dijiste nada.
El rostro de la chica se ensombreció.
-No ibas a salir conmigo. No con todos esos… kilos de más que tenía.
-No sabes. Además, no estabas tan gorda.
-Sí que lo estaba. Era una ballena. Una ballena horrible…
-No digas eso, Pame. Eras una chica muy simpática.
-Eso es lo que se le dice a todas las gordas.
-Vamos, Pame… Ahora ya lo superaste. Ahora…
-Te dije que no quiero hablar de ese tema- la chica volvió a mirar su reloj. Una expresión de alarma cruzó por su rostro-. Debo irme, ya son las once y veinte.
-Pame…
-Debo irme, de verdad- la chica le dio un rápido y frío beso en la mejilla. Sin embargo, pareció arrepentirse y dijo a su oído, con voz dulce:- La pasé muy bien con vos. Gracias por todo.
“Esto parece una despedida”, se alarmó Marce.
Se incorporó de la mesa y llamó a la moza.
-¿Querés que te lleve?
-No, voy a tomar un taxi.
-Te acompaño hasta la puerta, entonces.
Pagó y fueron hasta la puerta de doble hoja del bar. La gente entraba y salía sin cesar; la noche se había puesto fresca. Pame volvió a mirar el reloj y dijo, ahora ya al borde del pánico:
-Las once y media. Creo que será mejor que me vaya caminando.
-¿Dónde vive esa señora… Travis?
-No importa. No muy lejos- se dio vuelta y le dio un beso en la boca-. Adiós, Marce. Nunca olvidaré esta noche. De verdad.
-Bien… yo tampoco. Pero volveremos a vernos, ¿no?
-Seguro- dijo la chica, alejándose a toda prisa por la calle. Un taxi pasó y Pame le hizo señas, pero el taxista siguió de largo. Siguió caminando, sin volver la mirada atrás, hasta perderse en la siguiente esquina. Tenía la mirada gacha y caminaba con pasos cortitos, como si el vestido que se había puesto le ajustara demasiado en la zona de las piernas.
-Qué locura- murmuró Marce.
Estaba un poco triste. Pensó que no quería regresar a su departamento, así que se metió al bar a beber otro poco. Se sentó en la barra y pidió un porrón de cerveza. La música era estridente y a él comenzaba a doler le la cabeza. Miró hacia atrás, hacia los reservados, y creyó ver que en medio de las sombras estaba el tipo del sombrero de copa, sentado sobre un sillón y fumando tranquila mente un cigarrillo. Le llegó el porrón, frío como un témpano de hielo, y él lo bebió de un solo trago. Y estaba preparándose para pedir otro, buscando con su mirada a la camarera, cuando vio el cartelito de neón que titilaba sobre uno de los espejos:
“TRAVIS”.
“Cerveza Artesanal de la Casa”.
-Mierda- dijo, volcando un poco de cerveza sobre la barra. Un hombre que bebía a su lado lo miró con cara de pocos amigos, pero no le dijo nada. Era por eso que el nombre de la supuesta señora “Travis” le resultaba conocido. Él había visto el cartelito al ingresar al bar, pero luego se había olvidado. Y Pame había mentido. Seguramente no tenía que cuidar a nadie, era una excusa para salirse de la cita.
“Pero me besó”, pensó Marce, exasperado. “Y dijo que la había pasado bien conmigo. ¿Por qué mentiría? ¿Por qué…”
Salió corriendo del bar. Dobló por la esquina por donde se había perdido Pame, pero allí el movimiento de gente era muy grande, sería difícil encontrarla. No obstante siguió caminando, dejándose llevar por el impulso, porque de repente tenía la sensación de que algo malo iba a pasar. Recordó las misteriosas palabras de Pame: “Nunca olvidaré esta noche”, que podían significar muchas cosas, algunas de ellas, bastante oscuras. Apretó el paso. Sin darse cuenta había sacado la cruz de plata de su camisa, y la acariciaba con aire distraído. Cruzó la plaza principal, con sus motoristas reunidos en los bancos de cemento bebiendo cerveza, y luego tomó por el camino que conducía a la vieja estación de trenes. No sabía por qué caminaba por allí, de hecho ni siquiera pensaba demasiado, y tenía muy pocas esperanzas de encontrar a Pame. La estación de trenes era un lugar sórdido y abandonado; si su padre se hubiese encontrado con una mujer, le hubiese dicho, fiel a su estilo chapado a la antigua: “Este lugar no es adecuado para una señorita como usted”. Había vagos y gente de malvivir. Siempre olía a orines. La basura se acumulaba en cada rincón; las ratas festejaban y se reproducían en el caos.
Marce alzó la vista. Creyó ver el vestido amarillo de Pame, que se perdía dentro de una de las puertas de la vieja edificación. Por supuesto pensó que se trataba de una ilusión: Pame jamás podría estar en ese sitio, y mucho menos él podría haberla encontrado de esa manera casual, siguiéndola como quien sigue un rastro invisible pero poderoso.
No pensó que quizás otras fuerzas intervenían esa noche. Simplemente fue tras su visión. Atravesó un corredor alfombrado en escombros, apenas iluminado por las farolas amarillentas de la calle, y luego ingresó a la habitación. Era grande y espaciosa; supo de inmediato que antaño había sido la sala de espera, aunque ahora sólo quedaban los azulejos blancos de las paredes y dos o tres bancos de madera despezados. También se encontraba, milagrosa mente aún en pie, un kiosco de chapa herrumbrada que había servido para la venta de revistas; allí creyó ver un movimiento que le llamó la atención. Se acercó al lugar.
-¿Pame?- dijo, infinita mente sorprendido.
La chica volvió la vista, sobresaltada.
-¿Cómo me encontraste? No podes estar aquí- dijo la chica-. Anda te. Ahora.
-¿Qué estás haciendo? ¿Por qué estás acá? Es peligroso, Pame.
La chica, por algún motivo, estaba sentada dentro del kiosco, como si se limitara a esperar unos clientes que habían desaparecido hacía décadas. Se incorporó con rapidez y lo empujó. No fue un empujón muy fuerte, pero encontró a Marce totalmente desprevenido. Trastabilló hacia atrás y cayó sobre algo muy duro, que le cortó la respiración. Lanzó un gemido de dolor y sorpresa. Miró a Pame, que tenía el rostro convertido en un rictus de miedo y furia.
-Tenés que irte de acá, Marce. ¿Sos estúpido o qué?
-Mi espalda- gimió el hombre-. Caí sobre una piedra, creo. Mierda, Pame, ¿qué carajo te está pasando?- volvió a observar, con mayor detenimiento, el rostro de la chica. Y creyó ver, a la débil luz proveniente de las calles, que algo en sus pómulos se movía, algo debajo de la piel, como si los huesos de la chica estuvieran cambiando de lugar, transformándose-. ¿Qué es eso?
Pame se cubrió el rostro con la palma de sus manos y huyó del lugar. Marce se incorporó. El dolor en la espalda era espantoso; cuando giró la vista, vio que se había golpeado con un trozo de reloj de unos cincuenta centímetros de diámetro. Las agujas del reloj se habían perdido, pero aún podían verse los números romanos. Los engranajes y resortes asomaban como tripas oxidadas. Marce fue tras la chica, aferrándose la espalda con ambas manos.
-¿Pame? ¿Qué mierda te pasa, Pame? ¿Dónde estás?
Escuchó un ruido a su derecha y lo siguió. Provenía desde los baños. Parecía un sollozo. A través de los fragmentos del gran espejo, vio algo que lo preocupó: un trozo de vestido amarillo. Parecía desgarrado. El sollozo se repitió y Marce se acercó a los cubículos.
-¿Pame?
La encontró dentro del último cubículo, sentada sobre los restos de un inodoro. Tenía la cara cubierta con las manos, y era Pame, pero algo en ella estaba mal. Diferente. Marce sintió un crujido y la parte superior del vestido de la chica se abrió como si fuese una flor. Debajo apareció una masa de carne fláccida y pálida, surcada por venas azules. La chica lanzó un chillido y pataleó como si quisiera sacarse unas hormigas de encima. El vestido volvió a crujir. Marce retrocedió un paso, sabiendo que lo que veía era imposible.
-Fue aquí donde hice el pacto- dijo la chica, con voz entrecortada. Bajó los brazos y levantó la vista en dirección a él. Sus ojos, sus chispeantes e inteligentes ojos, estaban allí, mirándolo, pero eso era lo único reconocible en ella. Todo lo demás –los pómulos, las mejillas, incluso la papada que colgaba como un pliegue bajo el mentón- pertenecía a otra chica, otra Pamela, que Marce no veía en años. Se escuchó otro crujido, y el vestido amarillo explotó hacia afuera, las costuras desgarradas. Debajo asomó un cuerpo enorme, blanco, fofo, que Pame señaló con ambas manos-. Quería ser flaca. Quería ser flaca para vos, para que me mirases de una vez por todas. Aunque sólo fuese por un día. Así que hice el pacto. Aquí mismo. Y funcionó. Esta mañana amanecí flaca, hermosa, como siempre lo soñé. Y fue el día más feliz de mi vida, Marce. Me miraste. Me dijiste que estaba hermosa. Me besaste. Pero ahora tiene que terminar. A la medianoche. Es parte del pacto, Marce.
-Pame, no sé de qué estás hablando, pero…
-Ahora me vendrá a buscar. Andate. Andate mientras puedas…
-¿Pero quién, Pame? ¿Quién te vendrá a…
No llegó a terminar la pregunta. De todas maneras, algo dentro de él sabía de quién se trataba. Sintió un ruido a sus espaldas, pasos que se acercaban lentamente. La chica exhaló un suspiro trémulo y miró por encima de sus hombros. Marce se dio vuelta.
El hombre que se acercaba parecía hecho de brasas ardientes. Sus ojos eran dos agujeros negros, humeantes. Por cada paso que daba sobre el suelo inundado, se escuchaba un agudo fisssss y una voluta de humo se elevaba hacia el techo. Pese a la visión de pesadilla, Marce reconoció el sombrero de copa sobre su cabeza: ahora no le parecía tan ridículo, ahora pensaba que estaba en el lugar indicado, porque aquella vieja estación de trenes era el dominio natural de aquel ser. El hombre de brasas se detuvo a poca distancia; miraba a Pame con esos ojos de abismo y en ningún momento pareció reparar en la presencia de Marce, que se había replegado contra la pared, temblando al borde de la inconsciencia. Extendió su mano y dijo, con una voz que parecía un trueno lejano:
-Es hora. Ya cumplí. Ahora vamos, Pame.
La chica se incorporó. Estaba miserablemente desnuda y Marce no pudo evitar mirar sus excesos de carne, esos pliegues en su estómago y debajo de sus brazos que parecían desbordarse como enormes olas sobre una muralla vencida. ¿Cuántos kilos, por Dios? ¿Cuánto había aumentado desde la secundaria? Esa mujer debía pesar unos doscientos, doscientos cincuenta kilos. Apenas cabía en el cubículo de madera. Sus pechos enormes y colgantes se bamboleaban como bolas estremecidas. Se movía con mucha lentitud, jadeaba en busca de aire. Extendió un brazo en dirección al demonio, y entonces se escuchó un siseo, seguido de una llamarada de fuego que tiznó los azulejos del techo. El ser de brasas retrocedió y se pegó a la pared, gritando de miedo o de dolor. Marce sostenía la cruz con una mano temblorosa, y la alzaba en dirección a él.
-¿De dónde sacaste esa cosa, hombrecito?- gritó el hombre del sombrero de copa-. No la quiero delante de mi vista, es una ofensa para mí. ¡Apártala, antes de que te mate!
-Me la vendió hace mucho un viejo sabio. Dijo que serviría para ganar al amor de mi vida. Y pensé que se había equivocado… Hasta ahora.
-No sabes en lo que te estás metiendo. Te doy una última oportunidad. Baja esa cosa, y juro que sólo te perseguiré en tus pesadillas.
-Vení- le dijo Marce con voz segura, aunque acababa de mearse los pantalones y respiraba al borde de la hiperventilación-. Te estoy esperando, querido. ¡A ver si podés hacerle algo a este hombrecito!
El demonio rugió. Y luego comenzó a crecer. Su sombra ocupaba gran parte del lugar, sus brazos eran como troncos largos y rugosos. Una oleada de calor surgió de su cuerpo y tornó el aire casi irrespirable. Los azulejos se desprendían de las paredes. Los charcos en el suelo comenzaron a burbujear.
-Como quieras- dijo el demonio, echando volutas de humo por los orificios de su nariz.
Y luego se abalanzó sobre ellos.
Marce despertó en la cama de un hospital, un mes después.
Tenía el cuerpo quemado en un sesenta por ciento; había perdido la movilidad de su mano derecha y probablemente quedaría ciego de por vida. Pero los médicos le habían asegurado que tenía amplias chances de llevar una existencia razonablemente plena.
"Razonablemente plena". No supo si agradecerles o echarse a llorar. A tientas, buscó la cruz en su cuello, pero ya no estaba allí, y supo que nunca más la recuperaría.
-¿Saben qué fue lo que pasó con mi amiga?- fue lo primero que dijo.
Una de las enfermeras lo tomó de la mano cubierta de vendas. Marce no podía verla, pero se imaginó que era vieja, y cargada de sabiduría.
-Ella está bien, querido. Los bomberos la sacaron a tiempo, antes de que la estación se derrumbara por el fuego. Y te estuvo cuidando. Todo este tiempo. Mañana, tarde y noche. Pero se marchó esta mañana, cuando supo que te habías despertado del coma.
-¿Se marchó?
-Se marchó, sí. Pero dejó dicho una cosa.
-¿Qué?
-Que lo perdonaras. Que lamentaba haberte mentido y ocultado cosas. Y que te agradecía haberle salvado la vida, pero que no podía permanecer a tu lado. Dijo que vos sabrías por qué.
-Pero… yo no sé por qué. No entiendo…
La enfermera acercó su cara a la de él. Marce pudo percibir el olor de su colonia, que en alguna forma le hacía recordar a la que había utilizado su abuela cuando ésta estaba viva.
-Creo que se siente avergonzada por su aspecto físico, joven. Pero creo que dejó una puerta abierta.
-¿Por qué dice eso?
-“Travis”. Eso fue lo que dijo. No sé qué significa, pero creo que es un lugar donde podrías encontrarla.
¿Qué habría pasado con el hombre del sombrero de copa?, se preguntó durante las interminables noches en el hospital. ¿Regresaría alguna vez? ¿O acaso lo habría matado?
Lo dudaba. Algo dentro de él le decía que aún estaba por allí, esperando el momento para volver. Y él ya no tenía la cruz para defenderse.
"Tampoco podré defender a Pame".
Pero al menos podría hacer una cosa.
Pasaron otros dos meses, y una noche cualquiera, Marce entró al bar que vendía la cerveza artesanal “Travis”, caminando ayudado por un bastón, y dirigiéndose, casi por instinto, al lugar donde Pame lo esperaba con su bella sonrisa.
-Te estuve esperando- le dijo Pame, tomando su mano, la que aún servía-. Cada una de estas noches.
-¿Tendrás que irte a la medianoche?
La mujer emitió una risita.
-Estoy segura que no.
-Me alegro. Porque esta vez no te dejaré ir.
-Yo tampoco- Pame pareció vacilar-. Aunque...
-No importa. Ya nos enfrentaremos a él. Cuando sea el momento. Mientras tanto...
-¿Qué?
-Pasemos el momento.
Quedaron en el bar hasta muy pasada la medianoche, charlando, bailando y riendo. Y en ningún instante se preocuparon por la figura sentada a la barra, de rostro ensombrecido bajo el sombrero de ala ancha, que bebía una copa y parecía aguardar, con paciencia apenas contenida, la mismísima eternidad.
Esta historia a sido creada por Mauro Croche
Aquí tenéis el su blog por si queréis leer mas historias de miedo:
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